Ahora parece que está de moda hablar de este concepto. Cómo si fuera algo nuevo, cuando la realidad es que esto lleva mucho tiempo presente entre nosotras.
Esta carga mental “invisible” se vio incrementada con la incorporación de la mujer al mercado laboral, logro que debemos agradecer a muchas de nuestras antepasadas. Ahora bien, el problema surgió cuando esa incorporación no vino acompañada de un aumento proporcional de la participación masculina en las responsabilidades del hogar y la familia. El resultado: nosotras cargando con todo, lo visible y lo invisible.
Nota para evitar personas ofendidas: Hablaré de mujeres y en femenino, pero asumo que también hay hombres que puedan identificarse con lo que voy a hablar hoy. Y, por supuesto, incluyo todos los modelos de familia y reconozco que hay muchas familias que están haciendo un gran trabajo en el reparto de la carga mental o incluso que esa carga mental solo puede recaer sobre uno, y que por tanto podrían no verse reflejadas en lo que cuento aquí.
Hablemos de la carga mental “invisible” femenina.
¿Recuerdas ese bolso que llevaba Mary Poppins del que sacaba un perchero, un espejo, una lampara y vete tú a saber qué más? A simple vista parecía un bolso normal que no pesaba más que los demás. Pero cuando lo abría…
Ese bolso representa esa carga mental “invisible” que muchas mujeres tenemos.
(“Invisible” entre comillas, porque realmente no lo ve quién no lo quiere ver)
La diferencia es que nuestro bolso no es mágico y pesa (mucho, además). A primera vista, nadie ve lo que llevas dentro, pero ese bolso está cargado con todo lo necesario para afrontar cada una de las necesidades que puedan surgir en el día a día, en la semana e incluso en el próximo mes (también lleva los típicos “por si acaso” que todas metemos en nuestras maletas de viaje).
Esta carga mental omnipresente no es vista por los demás, no se aplaude, no se reconoce. Es hacer la compra mental de la semana mientras contestas un correo. Es recordar que hay que pedir cita con el pediatra (si tienes hijos), planificar el regalo de cumpleaños de tu cuñada, pensar si queda detergente para lavar la ropa blanca y pensar en el próximo viaje que haréis toda la familia para organizarlo… todo mientras trabajas o simplemente intentas sobrevivir.
¿Por qué siempre acabamos nosotras cargando con el bolso?
Porque así nos lo enseñaron, aunque no nos dieran instrucciones claras. Aprendimos a ser las que cuidan, las que recuerdan, las atentas y previsoras. Nos prepararon para ello. Además, si nosotras lo hacemos “mejor”, ¿por qué no seguir haciéndolo?
Y no, no se trata de una cuestión de tener pareja o hijos. Esta carga “invisible” también aparece en el trabajo, en las amistades, en la familia extendida. ¿Quién se acuerda de felicitar a la tía que vive lejos? ¿Quién sostiene la carga de que todos estén bien? Ahí lo tienes.
Esto no es una queja, es ponerle nombre.
¿Acaso necesitamos que se nos reconozca todo lo que hacemos?
Pues sí y no.
(…porque seamos honestas, ¿a quién no le gusta un poquito de validación cuando se siente sobrecargada?)
Pero va mucho más allá: se trata de darnos un permiso. De poner nombre a algo que nos desgasta de forma silenciosa. De entender que no estamos locas ni despistadas, sino que estamos a mil cosas y que nuestro cerebro, como es lógico, tiene un límite.
La carga mental invisible sí existe. Desgasta, agota y te desconecta de ti misma. Nos pone en un piloto automático.
¿Cómo podemos empezar a vaciar (un poco) ese bolso?
- Tomando conciencia: Porque si no ves lo que llevas, no sabes qué puedes soltar.
- Repartiendo carga: Sé que delegar cuesta, sobre todo si alguna vez lo hiciste y salió mal. Pero te invito a volver a intentarlo. Y si vuelve a salir mal, ya decidirás como gestionarlo.
- Pon límites: Y no solo de boquilla. Me refiero a ponerlos de verdad, aunque eso implique tolerar un malestar que incomoda.
- Cuidándote: Como una prioridad, no en los ratos libres que te quedan.
No hace falta tirar el bolso por la ventana (aunque a veces tengamos muchas ganas de hacerlo), pero sí abrirlo, mirar dentro y preguntarte:
¿Esto me toca a mí? ¿Quiero seguir llevándolo?
Te mereces liberarte, aunque sea un poco, de esa carga.