Dar por hecho: cuando la fragilidad lo cambia todo | Café con quejas

Este es el segundo Café con quejas. Y si algo estoy descubriendo con esta sección es que muchas de mis quejas no son tan distintas entre sí.

En el fondo siempre vuelven al mismo sitio: la fragilidad de las cosas que damos por hechas.

Damos por hecho que el cuerpo va a responder. Que la mente va a estar bien. Que la gente que queremos seguirá ahí. Que el día de mañana será una extensión bastante parecida a hoy.

Vivimos así porque necesitamos hacerlo.

Porque si pensáramos cada día en lo frágil que es todo, probablemente no podríamos avanzar.

Pero a veces esa ilusión se rompe.

El acuerdo tácito con la vida

A veces el cuerpo falla sin avisar. La mente se rompe en un momento que, desde fuera, no parece tan grave. O simplemente ocurre algo que no encaja con ningún relato justo del mundo.

Y ahí aparece algo muy específico: la rabia ante la injusticia de lo aleatorio.

No la rabia de haberse equivocado. Ni la de haber tomado una mala decisión. La rabia de haber hecho todo razonablemente bien y que, aun así, algo se haya roto.

Esa rabia tiene muy pocos sitios donde ir.

Por qué me gusta creer en el karma

No me gusta pensar que las cosas malas pasan sin motivo. Por eso me gusta creer en el karma.

No por ingenuidad.

Por necesidad.

Necesito pensar que intentar hacer las cosas bien importa. Que tratar bien a la gente importa. Que existe alguna relación, aunque sea imperfecta e invisible, entre lo que haces y lo que te ocurre.

Porque si no existe esa relación, el esfuerzo de vivir con cierta ética se convierte en algo completamente voluntarioso. En un gesto bonito, pero irrelevante.

Y eso se me hace muy difícil de sostener.

El futuro como ilusión necesaria — y sus límites

Incluso creyendo en eso, hay algo que sigue siendo cierto: el futuro no está garantizado.

Ni el tuyo. Ni el de las personas que quieres. Ni el de los proyectos en los que inviertes.

Quizás por eso siempre me ha costado pensar demasiado en él.

No porque no exista. Sino porque proyectarse demasiado hacia adelante tiene un coste emocional real: te desconecta del único lugar donde las cosas ocurren de verdad.

El presente.

No como concepto de bienestar. No como mantra.

Sino como realidad práctica: lo que está pasando, está pasando ahora.

La fragilidad no es el problema — darlo todo por hecho, sí

Creo que el problema no es que las cosas sean frágiles.

El problema es que nos pillan desprevenidas.

No porque seamos descuidadas. Sino porque nuestra forma de funcionar requiere esa capa de asunción tranquilizadora: esto seguirá estando aquí mañana.

Y cuando algo demuestra que no, la sensación no es solo tristeza o miedo. Es también algo parecido a una traición.

Yo cumplí mi parte del trato. ¿Por qué no cumpliste tú la tuya?

El problema es que nadie firmó ese trato.

Para terminar

No tengo una conclusión limpia que ofrecer aquí.

No hay una forma de vivir que te proteja de la fragilidad. Ni una herramienta que haga desaparecer la rabia ante lo injusto.

Lo que sí creo es que existe una diferencia entre vivir ignorando la fragilidad y vivir con ella.

No obsesionadas. No en alerta constante. Pero sí con un poco más de presencia en lo que está pasando ahora.

Porque si el futuro no está garantizado, lo que tenemos es esto.

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