«Si te vieras con mis ojos… entenderías.»
Frida Kahlo escribió eso. Y lleva décadas resonando porque nombra algo que muchas conocemos pero pocas sabemos explicar.
La distancia que hay entre cómo te ves tú y cómo te ven los que te quieren.
Y lo que ocurre cuando alguien intenta acortar esa distancia con un cumplido y tú, sin pensarlo, la vuelves a abrir.
Con un «qué va». Con un «exageras». Con una risa incómoda que llena el silencio antes de que el cumplido pueda aterrizar del todo.
Porque recibir un cumplido es, para muchas mujeres, una de las cosas más difíciles que existen.
Lo que pasa en el cuerpo cuando alguien te dice algo bonito
Alguien te dice que lo has hecho muy bien. Que eres generosa. Que estás guapa. Que admira cómo llevas todo.
Y en décimas de segundo ocurre algo.
El cuerpo se tensa. La mente busca la respuesta correcta. Una parte de ti quiere que ese momento pase rápido. Otra parte siente algo parecido a la vergüenza sin saber muy bien por qué.
No es modestia. No es educación. Es incomodidad real ante algo que, en teoría, debería sentirse bien.
¿Por qué nos cuesta tanto?
Porque recibir también es exponerse
Dar es fácil. Dar está socialmente validado. Dar no te deja en deuda con nadie, no te hace sentir que ocupas demasiado espacio, no implica que estés de acuerdo contigo misma.
Recibir es otra cosa.
Recibir implica dejar entrar. Dejar que lo que el otro ve de ti tenga un lugar en ti. Y eso, para muchas mujeres que han aprendido a no fiarse demasiado de su propio valor, es exactamente lo que da miedo.
Porque si lo recibes, tienes que aceptar que quizás es verdad. Y aceptar que es verdad implica una responsabilidad que resulta más cómodo evitar.
Mejor esquivarlo. Mejor quitarle importancia. Mejor reírtelo.
El «no es para tanto» como mecanismo de protección
Cuando minimizas un cumplido, no lo estás haciendo por humildad. Lo estás haciendo para protegerte.
De qué, exactamente, depende de cada historia.
A veces es protección frente al juicio ajeno: «si acepto que soy buena en esto y luego fallo, todo el mundo lo verá». A veces es protección frente al propio juicio: «si me lo creo y no es verdad, me habré equivocado yo sola». A veces es algo más antiguo, más enraizado: una voz de mucho antes que aprendiste a escuchar y que dice que tú no eres de las que merecen ese tipo de reconocimiento.
El problema de ese mecanismo es que funciona. Te protege del riesgo. Pero también te protege de algo que necesitas: la posibilidad de verte como te ven los que te quieren.
Lo que le niegas a la otra persona cuando esquivas un cumplido
Hay algo que pocas veces se dice sobre esto.
Cuando alguien te dice algo bonito y tú lo rechazas, no solo te estás rechazando a ti. Le estás diciendo a esa persona, implícitamente, que se equivoca. Que lo que ve no es real. Que su percepción no vale.
No es tu intención. Pero es lo que ocurre.
Recibir un cumplido bien, con un simple «gracias», es también un acto de respeto hacia quien te lo da. Es decirle: «te escucho, y confío en que lo que ves es real».
No tienes que estar completamente de acuerdo. No tienes que sentirte extraordinaria. Solo tienes que dejar que aterrice.
Gracias. Y punto.
La próxima vez que alguien te diga algo que te incomode recibir, prueba algo pequeño.
No lo justifiques. No lo minimices. No rellenes el silencio con un «qué va» automático.
Di gracias. Y quédate ahí un momento.
No hace falta que te lo creas del todo todavía. No hace falta que desaparezca la incomodidad. Solo hace falta que te permitas recibir lo que alguien, libremente, ha decidido darte.
Que te veas con sus ojos, aunque sea un segundo.
A veces eso es el principio de algo.