Durante años se ha hablado de la autoestima como si fuera una especie de músculo interno que hay que fortalecer a base de pensamientos positivos, seguridad y confianza.
Sin embargo, en consulta, veo a menudo a mujeres inteligentes, sensibles y capaces que “saben” muchas cosas sobre sí mismas, pero aun así se sienten desconectadas o inseguras, sosteniendo un lenguaje interno tremendamente crítico.
Quizá porque el problema no está tanto en cuanto se quieren, sino en desde dónde viven.
La autoestima, más que algo que se construye directamente, es un constructo que va variando a lo largo de tu vida. No es algo estático ni fijo. Tiene que ver con la valoración que hacemos de nosotras mismas y cambia en función de las experiencias que vamos transitando.
Más que una meta, suele ser una consecuencia
Es una sensación que emerge cuando hay coherencia entre lo que una piensa, siente y hace.
Para entenderlo mejor, puede ser útil imaginar la autoestima como una pirámide:
• En la base: la autonomía.
• En el nivel intermedio: el autoconcepto.
• En la cima: la autoestima.
Cuando la base es frágil, lo que se apoya encima también lo es.
Autonomía: el cimiento invisible
Desde la psicología y, especialmente desde la Teoría de la Autodeterminación, se entiende la autonomía como una necesidad psicológica básica.
No se trata de independencia absoluta ni de hacerlo todo sola, sino de sentir que las decisiones que tomas tienen sentido para ti, de poder elegir desde tus valores y no únicamente como respuesta automática a lo que se espera de ti.
La autonomía tiene que ver con:
• Elegir desde lo que es importante para ti.
• Sentirte agente de tu vida.
• Percibir coherencia entre lo que haces y lo que necesitas.
Cuando esta necesidad no está satisfecha, no aparece simplemente frustración, a parece malestar emocional.
Sin esa base, resulta muy difícil construir una relación saludable contigo misma debido a que algo esencial no está siendo cuidado.
Autoconcepto: la historia que te cuentas
El autoconcepto es la narrativa interna que construyes sobre quién eres. Se forma a partir de experiencias repetidas, especialmente de aquellas en las que has podido elegir
desde ti, pero también está profundamente influido por el contexto temprano.
Aprendemos a hablarnos y a valorarnos a partir de cómo otros nos hablaron y nos valoraron cuando éramos niñas.
Si durante mucho tiempo las decisiones se orientan a agradar, cumplir o adaptarte, el relato interno suele llenarse de dudas, exigencia o confusión:
• “No sé lo que quiero”.
• “Algo falla en mí”.
• “Nunca es suficiente”.
Revisar y reajustar esta narrativa interna es una parte fundamental del trabajo terapéutico, porque
impacta directamente en la relación que construyes contigo misma.
Autoestima: el resultado, no el punto de partida
La autoestima, entendida como esa percepción de valía y competencia personal, se sostiene mejor
cuando hay una base de autonomía y un autoconcepto coherente.
Por eso trabajar únicamente en “quererse más” suele quedarse corto. No porque no sea importante, sino porque es difícil sostener una buena relación contigo si vives de espaldas a lo que es importante para ti.
El conflicto específico en muchas mujeres
En las mujeres, este proceso suele complicarse por la socialización orientada al cuidado, al agrado y a la complacencia.
Aprender a priorizar el vínculo con una misma puede despertar culpa, miedo o la sensación de estar siendo egoísta.
Sin embargo, muchas veces el malestar no viene de priorizarse, sino de no hacerlo nunca.
Desde la terapia, el trabajo no consiste en “aumentar la autoestima” de forma directa. De hecho, siempre será más adecuado hablar de una autoestima saludable o ajustada, que no depende de exigirse más, sino de vivir de una forma más alineada con los propios valores.
A menudo pasa por algo más profundo y delicado: recuperar el permiso para decidir, para escucharse y para vivir de una forma más alineada con los propios valores.
Porque cuando empiezas a habitar tu vida desde ahí, la relación contigo también cambia.