Crees que lo puedes sostener sola hasta que no puedes

Durante un tiempo parece que funciona.

Aguantas.
Callas.
Sostienes.

 

Resuelves lo que puedes, ignoras lo que no. Te acostumbras al nudo en la garganta, al insomnio silencioso, a ese cansancio que no se quita con dormir. Y repites el viejo eslogan de guerra: “Yo puedo sola. Esto no es nada”

 

Hasta que llega el día que todo explota. Colapsas y, créeme, cuando ya llegas a este punto, volver a tu eje se hace una tarea mucho más difícil. Requiere tiempo, esfuerzo y una honestidad brutal. 

 

En ese momento te das cuenta de que no pedir ayuda no te hizo más fuerte. Te hizo sentirte más sola, más cansada, más ausente. 

 

Hay una línea invisible que cruzamos sin darnos cuenta: el momento exacto en que sostenernos deja de ser un acto valiente para convertirse en un castigo.

 

Y lo peor es que nos esforzamos para que nadie lo note. Hacemos como que todo sigue funcionando. Seguimos respondiendo mensajes, vamos a trabajar, subiendo fotos donde parecemos felices…

 

Pero por dentro, el precio que estamos pagando es muy alto. 



¿Por qué insistimos en sostenernos solas?

 

Por miedo.

Porque es lo que nos enseñaron nuestras antepasadas.

Porque la sociedad te ha dicho que “Tú puedes” …y que debes poder. 

Porque quizá no tienes esa red necesaria para sostenerte.

 

¿Qué puedo hacer?

Reconocerlo es el primer paso. 

Después, ojalá encuentres un lugar, como el espacio de terapia, que te sirva para liberarte de esta carga tan grande que te impusieron y que, a día de hoy, tú sigues creyéndote.

 

Es un acto de rebeldía, al fin y al cabo. 

 

La primera vez que te rebelas te sientes rara. 

 

Pero te puedo asegurar que, a partir de la segunda, esa sensación se convierte en algo tan potente que ya nunca jamás vas a querer dejar de hacerlo.

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