Como máquinas que somos, tenemos nuestras pequeñas taras.
Ciertos fallos en el sistema que, si funcionaran de otra manera, nos permitirían tener un funcionamiento más óptimo. Sin embargo, por circunstancias diversas, esto no ocurre.
Hoy quiero hablar de uno de estos fallos: la credibilidad que le damos a nuestros pensamientos.
Se dice que las personas tenemos una media de 60.000 pensamientos al día. ¿Te imaginas que todos y cada uno de estos pensamientos los viéramos como realidades absolutas de lo que ocurre a nuestro alrededor?
Hagamos un ejercicio.
Piensa en lo que has comido en tu primera comida del día.
Ahora, imagina un dragón rosa lleno de purpurina.
¿Notas como la mente ha procesado ambas imágenes de la misma manera?
Como puedes ver, la mente no difiere entre lo que es real de lo imaginario. Procesa ambos tipos de información del mismo modo, trayendo ambas situaciones “al frente” sin distinción.
Uno de los grandes problemas que generan rigidez psicológica es creernos el contenido de aquello que pensamos.
Con algunos pensamientos tenemos más capacidad de distanciarnos y verlos como lo que realmente son: simplemente pensamientos.
(Por ejemplo: quizá conduciendo hayas tenido el típico pensamiento automático de: “¿Qué pasaría si girara el volante y me chocara contra esa farola?”. Dudo mucho que después hayas concluido que lo que realmente quieres es suicidarte. Seguramente identificaste ese pensamiento como algo pasajero, sin darle mayor importancia)
Sin embargo, con otros pensamientos, sobre todo aquellos que tienen un componente más obsesivo, resulta mucho más difícil tomar esa distancia. Por el contrario, nos fusionamos con su contenido, perdiendo de vista su naturaleza efímera. Esto, a su vez, condiciona nuestra manera de actuar ante determinadas situaciones, generándonos un elevado nivel de malestar.
Entonces, ¿qué podemos hacer para mejorar nuestra flexibilidad psicológica y reducir esa rigidez en nuestra manera de pensar?
La clave está en relacionarnos de manera diferente con aquello que pensamos.
Existen multitud de técnicas para trabajar con los pensamientos, pero, si nos basamos en el Modelo Hexaflex de la Terapia de Aceptación y Compromiso, la habilidad por excelencia que este modelo propone es la defusión cognitiva.
Desde este paradigma, se promueve la idea de no ver los pensamientos como verdades absolutas, sino como simples palabras o imágenes que no tienen por qué controlar nuestras acciones.
Algunas de las estrategias que se plantean son:
- Nombrar el pensamiento: Identificar un pensamiento tomando distancia: “Estoy teniendo el pensamiento de….”
- Visualizar el pensamiento (“La técnica de la caja fuerte”): En la imaginación, darle una forma concreta al pensamiento y guardarlo en una caja fuerte que ubiques en un lugar que te evoque paz y tranquilidad. Una vez que lo introduzcas en la caja y vuelvas de ese lugar en tu imaginación, realiza alguna actividad o tarea práctica que requiera tu atención al aquí y ahora e involucre diferentes sentidos (Por ejemplo: cocinar creyéndote Carlos Arguiñano). Es importante destacar que esta técnica solo es útil para pensamientos que no pueden resolverse en el momento presente.
- Verbalizar el pensamiento en voz alta: Decir el pensamiento con una voz graciosa o cantarlo con una melodía que te resulte conocida.
Como puedes observar, todas estas estrategias tienen como objetivo cambiar tu manera de relacionarte con los pensamientos, para que puedas percibirlos como lo que realmente son: elementos que no necesariamente reflejan las realidades de tu día a día.
ATENCIÓN SPOILER: Cambiar la relación que tienes con tus pensamientos no es una tarea de un día. Requiere de trabajo y constancia para automatizar muchos procesos. Además, no todo es cuestión de aplicar técnicas.
Si lo necesitas, la terapia puede ser un buen lugar para trabajar en ello.