La que siempre está: cuando el vínculo se convierte en obligación emocional

Hay personas que, casi sin darse cuenta, acaban ocupando siempre el mismo lugar en sus vínculos:
 
El lugar de la que está.
La que llama.
La que pregunta qué tal.
La que se acuerda.
La que responde rápido.
La que está disponible.
 
Normalmente no se trata de una elección, sino más bien se trata de algo aprendido. Una forma de aprender a vincularse.
Ese lugar empieza siendo una forma de cuidar, de estar cerca, de sentirse conectada.
 
Estar para otros puede sentirse como una manera legítima — y valiosa — de vincularse.
De esta forma, la persona aprende a sostener relaciones. A no perderlas. Y tras un tiempo así, aparece el malestar.
 
El problema no es estar. El problema aparece cuando ese lugar se vuelve fijo.
Cuando estar pasa a ser una obligación interna porque de esta forma, solo así, los demás nunca se irán.
La persona aprende a identificarse con ese rol. Aprende que solo de esa manera logrará “pertenecer”.
 
Después llega la culpa. Cuando un día no contesta o cuando otro dice “hoy no puedo”, sintiéndose como una forma de fallar al otro.
 
Las personas que se identifican con este rol, normalmente no lo ven como un sacrificio, al contrario, lo viven como una responsabilidad. Como una forma “natural” de estar en relación.
Han aprendido que cuidar es estar y que no estar, puede poner en riesgo el vínculo.
Y en ese aprendizaje, poco a poco, lo propio empieza a quedarse en segundo plano.
No porque no existe, sino porque no encuentra espacio para decirse.
 
Cuando una persona siempre está disponible, expresar su necesidad se vuelve complicado. De hecho, a veces puede verse como algo que molesta o que es inoportuno, así que muchas veces las necesidades no se dicen, 
los límites no se ponen y la adaptación es continua.
 
Sí a todo.
La consecuencia de esto es que las necesidades no expresadas surgirán. Y al final se dirán desde el reproche y desde la pasivo-agresividad y esto sí que puede generar un daño en el vínculo.
 
Desde la terapia, el trabajo no suele consistir en dejar de estar para los demás.
Consiste en poder preguntarse desde cuándo ese es el único lugar posible y tomar conciencia de la función que tiene.
Y, sobre todo, si hoy sigue teniendo sentido.

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