El instinto Maternal: ¿Naturaleza o Narrativa?

¿Nacemos con el deseo de ser madre o lo aprendemos?

Seguro que has escuchado hablar del concepto de: instinto maternal. 

 

Es un término que se ha utilizado durante generaciones para nombrar a una especie de impulso biológico que empuja a las mujeres de forma natural a ser madres y, a cuidar y proteger a sus hijos. 

Pero, ¿realmente es así? ¿O más bien se trata de una construcción cultural que hemos confundido con la naturaleza? 

El mito del instinto: una herencia cultural

 

La idea del “instinto maternal” se popularizó en los siglos XVIII y XIX, cuando la medicina y la moral social comenzaron a asociar la feminidad con la maternidad. Las mujeres eran descritas como naturalmente más sensibles, protectoras y destinadas al cuidado. Esa narrativa, aunque en apariencia inofensiva, terminó reforzando roles rígidos: el cuidado como deber femenino y la crianza como destino inevitable.

 

Sin embargo, esta explicación simplista ignora algo esencial: la maternidad no es una experiencia uniforme ni universal. No todas las mujeres sienten el deseo de ser madres, y no todas las madres experimentan un vínculo inmediato con sus hijos. La psicología moderna reconoce que el amor materno se construye, se aprende y se transforma con la experiencia, no nace de forma automática. 

 

En consulta, actualmente nos encontramos a muchas mujeres que se encuentra en un momento de duda en el que se cuestionan si quieren ser madres o no. En ocasiones, a esta narrativa le acompaña la culpa y un malestar. 

 

Culpa por sentir que no están haciendo lo que la sociedad espera de ellas —“Si soy mujer, debería apetecerme ser madre, ¿no?” —

 

Culpa por no cumplir con ciertas expectativas familias — “Ay, hija, ¿y no nos vas a dar nietos? —

 

Son mujeres que a veces sienten malestar por ver que su proyecto de vida se aleja mucho de lo que eligen otras mujeres que se encuentran en su entorno. 

 

Cerebro, hormonas y vínculo: lo que dice la ciencia

 

Desde la biología y la neurociencia, sí que podríamos hablar de ciertas hormonas que favorecen las conductas de cuidado y apego. Hormonas como la oxitocina (vinculada al apego y la empatía), la prolactina (relacionada con la lactancia y la respuesta de cuidado) o la dopamina (asociada con la recompensa y el placer), son hormonas muy presentes en el desarrollo del vínculo madre-bebé.

 

Pero estos procesos no son exclusivos de las mujeres.

 

Estudios con neuroimagen (por ejemplo, en la Universidad de Yale y en el Instituto Max Planck) han demostrado que el cerebro de los padres también cambia durante los primeros meses de crianza: se activan regiones relacionadas con la empatía, la planificación y la atención hacia el bebé. 

 

Estos hallazgos nos sugieren que sería más adecuado hablar de un instinto de cuidado humano, como esa predisposición general que se despierta a través del contacto, la experiencia y la vinculación afectiva.

 

En otras palabras: la biología prepara el terreno, pero el amor y el vínculo lo construyen las propias experiencias. 

 

El punto de vista evolutivo: cuidar para sobrevivir

 

La psicología evolutiva añade otra capa: en muchas especies, el cuidado de las crías garantiza la supervivencia del grupo. Sin embargo, en los humanos, esa conducta se ha socializado y diversificado.

 

Nuestra especie se caracteriza por el “cuidado cooperativo”: abuelxs, tíxs, hermanxs, amigxs y figuras no biológicas también participan del cuidado infantil. Este rasgo, lejos de ser un detalle, demuestra que la crianza humana es colectiva, no exclusivamente materna.

 

Así, el impulso de cuidar podría entenderse como una tendencia adaptativa de la especie, más que un instinto femenino. La neurociencia moderna prefiere hablar de “respuestas de apego” o “conductas de cuidado”, términos más amplios, menos ligados al género y más acordes con la evidencia científica.

 

La mirada filosófica: entre la naturaleza y la libertad

 

Desde la filosofía, el tema ha generado intensos debates.

 

Para el naturalismo clásico, la maternidad formaba parte de la “esencia femenina”: cuidar, nutrir, proteger. Pero llegó Simone de Beauvoir y cuestionó esa idea. En El segundo sexo (1949), Beauvoir escribió que “no se nace mujer: se llega a serlo”, señalando que muchas de las conductas consideradas naturales eran, en realidad, productos de la cultura.

 

Cuando el “instinto” no aparece: no estás defectuosa 

 

Si la conclusión es que el instinto maternal no existe, tampoco existiría el “defecto” de no sentirlo. 

 

Durante siglos nos han enseñado que el deseo de maternidad es inherente a la identidad femenina. Pero la ciencia, filosofía y experiencia humana nos muestra otra verdad: el deseo no se impone, se construye o no se construye, y ambas opciones son válidas. 

 

Aceptar que el “instinto maternal” es una invención cultural nos libera de esa mirada culpable que tantas veces acompaña la duda o la negación del deseo de maternidad. Nos permite respirar más hondo y recordar que no hay una única forma de ser mujer, ni una sola manera de dar vida.

 

Quizás el verdadero instinto no sea el de maternar, sino el de buscar sentido.

 

Y cada una tiene derecho a encontrarlo en su propio camino, sin justificarlo, sin explicarlo y, sobre todo, sin sentir culpa.

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