La culpa es una gran compañera de viaje en el camino de la maternidad.
Está presente desde el inicio y te recuerda todo el rato que siempre puedes hacerlo mejor.
Aparece cuando gritas porque pierdes la paciencia, cuando das la tablet, cuando eliges hacer un plan con tus amigas o cuando deseas un ratito en soledad porque ya no puedes más. También aparece cuando tu contexto te insiste en que lo hagas diferente, cuestionándote si realmente tu elección es tan valida como tú pensabas.
A veces se cuela por la noche, cuando por fin te acuestas y repasas el día pensando en todo aquello que podrías haber hecho mejor.
La culpa es una voz tenue que susurra. Como no grita, parece que no incomoda, pero no hay nada más doloroso que un veneno que se bebe en gotas.
Es una voz que siempre empieza con un “debería”:
Deberías ser más paciente.
Deberías estar más presente.
Deberías gritar menos.
Deberías poder con todo.
Hay algunas madres logran bajar su volumen. Pero, casi siempre, hay una pequeña rendija que hace que esa voz se cuele.
¿Qué es realmente la culpa en la maternidad?
La culpa es una emoción que aparece con el motivo de reparar un daño que hemos ocasionado. Aparece cuando sentimos que hemos hecho algo que va en contra de lo que creemos.
La culpa nos ayuda a hacernos cargo del error cometido. Es funcional y necesaria porque regula nuestra conducta en sociedad. Es una invitación a mirar lo que ha pasado y preguntarnos si queremos hacerlo diferente la próxima vez. El problema surge cuando esa culpa se generaliza a todo contexto y se manifiesta ante cualquier conducta, dejando de ser una brújula para convertirse en una carga constante.
En el caso de la maternidad, hablamos de esa culpa disfuncional cuando se activa ante ese conjunto de “debería” que suelen estar cargados de expectativas imposibles: ser paciente todo el rato, estar siempre disponible para mis hijos, criar sin gritos, llegar a todo sin romperte, no dudar, etc.
Es una forma de sentir el control. Si yo me responsabilizo de haber fallado, dependerá de mí el mejorarlo la próxima vez.
La raíz: la autoexigencia de ser una “buena madre”
La culpa y la autoexigencia caminan de la mano. Detrás de una madre que se culpa, suele haber una mujer que se exige demasiado. Una mujer que intenta llegar a todo, todo el tiempo. Una mujer que se mide con un ideal de maternidad que no existe más que en redes sociales.
La autoexigencia no solo genera culpa, también genera rigidez psicológica, cansancio emocional, irritabilidad y sensación de fracaso. Y, paradójicamente, cuanto más te exiges, más lejos te sientes de ese modelo de madre en el que te gustaría convertirte.
¿Qué puedes hacer para que esa culpa no pese tanto?
🌿 1. Escúchala, tiene algo que decirte.
La culpa puede traerte un mensaje: “Esto te importa”. Recuerda que escucharla no significa dejar que decida por ti.
🌿 2. Cuestiona tus “debería”.
Pregúntate: “¿Esto lo creo yo, o es lo que me dijeron que tenía que hacer?”. Muchos sentimientos de culpa se disuelven cuando te das permiso para criar de una forma más flexible y real. A veces, tantos “debería” hacen que te desconectes de tu propio instinto de madre.
🌿 3. Acepta tus límites.
No puedes con todo, y eso no te hace ser peor madre. Los hijos no necesitan perfección; necesitan una madre que se permita ser humana.
🌿 4. Practica la autocompasión.
Hablarte como le hablarías a una amiga cambia la forma en que te sostienes. No te exijas ternura solo hacia tus hijos: también contigo.
🌿 5. Busca apoyo.
La culpa se amplifica en el silencio. Compartirla —con otras madres, con tu pareja, con una profesional— la vuelve más liviana. Escuchar un: “a mí también me pasa” es una forma muy valiosa de sanar.
✨ “La culpa se disuelve cuando entiendes que no necesitas ser perfecta para ser suficiente.”